“Blue Sun Palace”, blues migratorio en Nueva York

“Blue Sun Palace”, blues migratorio en Nueva York

SEMANA DE LA CRÍTICA

Siempre es fascinante observar cómo los grandes maestros del cine infunden la formación de los jóvenes cineastas. La estadounidense Constance Tsang, que vive en Nueva York y presenta su primer largometraje, Palacio del Sol Azulen la Semana de la Crítica de Cannes, sin duda adora a la taiwanesa Tsai Ming-liang (Sabor a sandía, 2005). Basta, en cualquier caso, con no copiar simplemente al director, que ha sublimado el deambular por las calles de Taipei en historias crudas y sensuales, donde el éxtasis nace del momento vivido con intensidad y del plan de duración.

En su ficción, la directora de treinta años crea su propio universo dentro de una comunidad de inmigrantes en Queens, Nueva York. Simplemente se tomó la libertad de pedir prestado a Tsai Ming-liang su actor favorito, el lunar Lee Kang-sheng, compañero de viaje del cineasta desde Rebeldes del Dios Neón (1992). El cual, descubriendo el escenario de Palacio del Sol Azul (en alusión a un sueño de restaurante, en esta película donde comemos y saboreamos), no lo dudó ni un segundo, nos explicó al día siguiente de la proyección.

Lee Kang-sheng interpreta a un inmigrante taiwanés, un ex empresario plagado de deudas que abandonó su país y dejó atrás a su esposa e hijo. Trabaja como almacenista y, de vez en cuando, busca consuelo en un salón de masajes para hombres en Queens, regentado por mujeres inmigrantes chinas y taiwanesas, y se involucra con una de ellas, Didi (Wu Ke-xi).

Maestría rara

Todo esto: la llegada a suelo americano, el encuentro, etc. –, Palacio del Sol Azul no lo muestra, sino que lo sugiere a posteriori. La película comienza directamente con una discusión bastante alegre entre el hombre y Didi por la noche en una cantina. Pasa la noche y pasan unos buenos veinte minutos durante los cuales la cámara se instala en el estrecho espacio de las cabinas, o en el entresuelo de la entrada, donde los clientes pagan, antes de que no se muestren los créditos iniciales.

Este tiempo define, en cierto modo, las reglas del juego: apenas saldremos a la calle (dentro de casa día y noche), todo o casi todo sucede en la intimidad del cuidado y vida cotidiana de las niñas, donde las horas pasan y funcionan al mismo tiempo la intuición, siendo el límite entre masaje y servicio sexual tan fino como la cortina que separa las cabinas. Desde la mañana hasta la tarde, desde el rosa del amanecer hasta el azul aterciopelado del atardecer, la luz se cuela por las ventanas, como si cayera del cielo.

A estas alturas de la película, ya estamos conquistados por esta rara maestría del cineasta, que consigue capturar los gestos de forma casi documental, mientras trabaja sobre pinturas, nunca manieristas o miserabilistas – eso se siente bien después de un cierto número de Películas de Cannes enlazando basura.

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