DMuchas empresas están trabajando para trazar sus hojas de ruta sobre cómo transformar sus negocios para hacer frente a las perturbaciones medioambientales. Si esto último puede ser ambicioso, el aspecto social es a menudo el gran olvidado.
Las pocas acciones implementadas en esta ocasión constituyen generalmente una forma de profundizar la “responsabilidad social corporativa” y frecuentemente se centran en la satisfacción de los empleados, su formación, el índice de igualdad de género o las ayudas a las asociaciones, lo que es ciertamente importante pero insuficiente para afrontar la crisis actual.
Superar los umbrales medioambientales y sociales son, de hecho, dos caras de la misma moneda. El traspaso de límites ambientales se debe principalmente al exceso de consumo de personas y organizaciones. La huella material de cada uno difiere según el nivel de riqueza, al igual que la capacidad de adaptarse a la crisis medioambiental.
Un futuro común deseable
Mantener a las personas por debajo de un determinado nivel social (pobreza, desnutrición, etc.) está vinculado a un reparto desigual de los recursos, y se ve muy acentuado por la multiplicación de los desastres ambientales. En otras palabras, no está de un lado la cuestión de la pobreza, las vulnerabilidades y las desigualdades y, del otro, la cuestión ambiental. La crisis es sistémica y los riesgos para las organizaciones articulan estos dos aspectos.
Si las empresas ya no pueden ignorar los riesgos medioambientales, como lo demuestra el trabajo de climainvest (Expertos asociados en inversión y clima de proyectos europeos.), ya no pueden ocultar las desigualdades. Dada la importancia que tiene para las empresas proyectarse hacia un futuro compartido deseable, existen tres buenas razones para ello.
En primer lugar, las desigualdades dentro de una organización son un obstáculo importante para afrontar colectivamente los riesgos ambientales. Para transformarse, las empresas necesitan el compromiso de todos sus empleados.
Sin embargo, las investigaciones revelan que cuanto más desigual es un grupo, más débiles son las medidas medioambientales que se adoptan. En resumen, las desigualdades erosionan a la comunidad, dañan la confianza y el respeto por las normas, que sin embargo son elementos importantes para el progreso de estos proyectos ambientales (Por qué la igualdad es mejor para todos, de Kate Pickett y Richard Wilkinson, Les Petits matins, 2013; “ Desigualdades y sostenibilidad ambiental », por NS Islam (2015), Documento de trabajo DESA No. 145, etc.).
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